Me dedique a vivir formando la vida entre mis manos, a recoger las cenizas y llevarlas al
viento para su sublime consagración, y ver el canto de los pájaros arrullando a mis hijos
con abono en sus cabellos.
Me dedique a tocar las flores con tal amor, que sus colores esbeltos parecían resplandecer
y los retoños llamados vida, como semillas seguían dando un fruto, uno que en cada espina
se veía perfección, y en cada tallo un recuerdo de sus padres.
Me dedique a seguir viendo la timidez de las montañas, la ternura de la aurora y el vivo
fragmento de una roca. Mas allá entre praderas recogí un girasol, uno que me recordó el
amor dado al hombre conjunto con la tierra y claramente puede tomarle el valor a las
huellas de aquel animal, que en su piel tibia y primorosa se encontraba la luz del
mismo sol que en las mañanas me regala una sonrisa, y una sola basta y bastara para ver
la maravilla que cada día posa frente a mis ojos, la maravilla de existir para una y
otra vez seguir contemplando el vivo fruto del amor de Dios, el sueño hecho realidad
de lo que siempre ha estado y por siempre he de admirar, nuestra tierra.